La Tarragona Romana

No hay duda de que, de entre el gran patrimonio artístico y arquitectónico que la historia ha dejado como legado a la ciudad de Tarragona, el que más peso tiene y el que más ha marcado a esta urbe es el dejado por el pueblo romano durante sus años de asentamiento en estas tierras.
Para conocerlo un poco, detallamos algunos de sus más populares monumentos, que pueden seguirse haciendo una ruta, y teniendo siempre en cuenta que no son los únicos, que hay más, que también podemos visitar haciendo de esta manera más completo aún nuestro recorrido.
El punto de partida es el
Museo de Historia de Tarragona, que se encuentra en la Plaza del Pallol de la ciudad. Allí podremos contemplar una
maqueta, de 18 m2, de la Tarragona del siglo II d.C. Observándola podremos entender más cómo era la estructura, los edificios e incluso la sociedad tarraconense durante el asentamiento de los romanos. Nos haremos una mejor idea de los lugares que visitaremos a continuación, justo al salir de este interesante Museo.
El primer lugar que visitaremos son
las Murallas de la ciudad, de la cual quedan 1100 metros en pie rodeando aún el caso histórico de Tarragona. Fue construida en el año II A.C. y su longitud en aquella época era de 3900 metros. Es la construcción romana más antigua de la ciudad y de ella se conservan tres torres: la del Arquebisbe, la del Cabiscol y la de Minerva. Esta última destaca por tener una inscripción considerada la más antigua de todo el país.
Dejaremos las murallas para acercarnos al
Circo, parte del cual se encuentra enterrado por las construcciones que se hicieron encima de él durante el siglo XIX. Queda una parte muy considerable en pie, en la que aún podemos imaginar cómo debían verse allí las carreras de cuádrigas.
Seguiremos hasta el
Anfiteatro, que data del siglo II d.C. El espacio en el que fue construido había sido anteriormente un espacio funerario. Se halla bastante bien conservado, especialmente todo el espacio de las gradas, siendo su aforo de unas 15000 personas. Se halla emplazado en un paraje junto al mar, de tanta belleza que nos resulta difícil asociarlo a los terribles espectáculos que allí se podían contemplar, como las luchas de gladiadores o ejecuciones públicas, entre ellas la de San Fructuoso, obispo de Tarragona, quemado vivo en su arena.
Dejando ya atrás el Anfiteatro, nos podemos dirigir hacia la
Plaza del Rey de la ciudad, en la cual será muy interesante entrar en su
Museo Nacional Arqueológico. En él podremos contemplar y admirar una colección muy completa e interesante de diversos objetos, instrumentos, vajillas, y otros restos de la época romana, que, con lo que ya hemos contemplado tanto en la maqueta como al natural, nos acercarán más a hacernos una idea de cómo era la vida cotidiana de los habitantes de la Tárraco del siglo II.
Al salir del Museo Nacional Arqueológico nos encaminaremos hacia las afueras de la ciudad, hacia
la Necrópolis Paleocristiana, un interesante cementerio en el que podremos admirar construcciones funerarias de la época como mausoleos, tumbas o sarcófagos. Este cementerio fue, para los cristianos que habitaban la comarca en el siglo II un lugar de devoto peregrinaje, al ser enterrado en él San Fructuoso.
Siguiendo aún en las afueras del casco urbano, podremos ver parte de
uno de los dos acueductos que había en la ciudad, y el agua de los cuales procedía del río Francolí. La parte que queda en pie tiene una impresionante altura de 26 metros, así como unos 200 de longitud, y es denominado comúnmente como
el Pont del Diable.
Quedan aún dos lugares muy interesantes que, a pesar de estar ya a unos kilómetros de Tarragona pueden considerarse parte de su conjunto arquitectónico romano. Uno de ellos es la
Torre dels Escipions, a 6 kilómetros, y que originariamente se trata de un sepulcro, siendo lo más notable las dos figuras que tiene, junto con una inscripción, y que se encuentran esculpidas en su piedra.
El otro se emplaza a 14 kilómetros de la ciudad. Se trata de la
Vil.la dels Munts, cuyo territorio pertenece ya a la población de Altafulla, y que vale mucho la pena de visitar, ya que se trata de los restos, muy bien conservados, de una ciudad romana en la cual hubieron habitantes hasta el siglo VI d.C.